En un experimento se repartieron al azar dos regalos entre un grupo de personas, a la mitad se les regaló una taza de café decorada y a
la otra mitad una tableta grande de chocolate suizo. Tras haber repartido los regalos se les ofreció la posibilidad de cambiar el regalo que les
había tocado por el otro, si lo consideraban más apetecible. Dado que los regalos se hicieron totalmente al azar será de esperar que más o menos
la mitad de los asistentes se decidieran a cambiar el regalo. Sorprendentemente solo un 10% de los mismos solicitó dicho cambio.
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Muchos experimentos han mostrado el magnetismo que ejerce en nosotros la inercia, el mantener el statu quo aun cuando tenemos todo a favor
para generar un cambio que nos beneficie. Es obvio que el emprender determinados cambios suponga un riesgo, por el cual podamos acabar peor que
comenzamos, y consecuentemente tememos realizar dichos cambios. Pero también es importante darse cuenta de que de manera natural tendemos a la
inercia. ¿Por qué?, porque cualquier cambio supone esfuerzo. De hecho la inercia es mayor conforme más alternativas nos den a elegir: elegir
entre siete alternativas requiere más esfuerzo que elegir entre dos.
Esta inercia es mucho más pronunciada, lógicamente, si nos encontramos mínimamente cómodos en la situación actual. Nuestra inercia, junto con
otra trampa muy importante en la toma de decisiones que es el "ver lo que queremos ver" hace que podamos caer en graves errores de juicio por no
analizar correctamente los hechos, hasta que ya es demasiado tarde. Aquí la clave es que la decisión de permanecer en la misma senda no la hemos
tomado tras un análisis exhaustivo, sino precisamente por nuestra inercia y autoengaño, con una falta total de análisis.
Esta inercia se puede apreciar por ejemplo en la innovación: cualquier producto radicalmente nuevo perpetúa esquemas anteriores durante un tiempo,
tanto por la inercia del desarrollador, como por facilitar la aceptación de los consumidores: los primeros automóviles se llamaron "coches sin
caballos", los primeros periódicos digitales calcaban la apariencia de sus ediciones en papel, los primeros smartphones mantenían la estructura
de los anteriores teléfonos móviles, incluso muchas ediciones de catálogos comerciales tratan de imitar a sus ediciones en papel, con el paso
de las páginas (con sonido) incluido.