Todas las organizaciones cuentan con un "modelo de pensamiento", un conjunto de ideas y principios que conforman su identidad y personalidad. En la
economía contemporánea este conjunto de ideas, o "conjunto de aspectos simbólicos" en palabras de Alvesson y Spicer, cobra en ocasiones mayor importancia
que los aspectos sustantivos de la empresa, entre ellos aspectos como la calidad, el precio, o la aplicación real de los aspectos simbólicos. Es decir,
se acaba pensando, por ejemplo, que lo importante es parecer honrado, mientras que el serlo realmente es sólo una cuestión accesoria.
Alvesson y Spicer indican que estamos en la "economía de la persuasión", en la cual estos aspectos simbólicos son el objetivo y elemento principal de
preocupación de las empresas. Ello se debe a que gran parte de lo que lo producen las empresas no encuentra una salida "espontanea" en el mercado, por
lo que las empresas dedican cada vez más tiempo a fabricar esta demanda. Ello lo logran mediante la generación de expectativas atractivas para el
consumidor, lo que los autores llaman "la ingeniería de las fantasías". En esta economía, aspectos como la marca, el marketing, las relaciones públicas,
ventas, y la creación de imagen, a menudo se vuelven más importantes que la producción. Se fomentan las chispas y el show alrededor de la empresa. Se
utilizan títulos impresionantes para los puestos. Proyectos de incalculable valor añadido, pero que prescinden de aspectos tan molestos como la realidad, y
que dejan de tener valor (y por tanto nunca se terminan), una vez que se ha hecho la foto de rigor y se ha generado la noticia sobre el mismo. Se
potencian presentaciones grandiosas e impactantes, pero que en la mayoría de las ocasiones carecen de rigor numérico y un sustento documental...
En este contexto se eligen símbolos lo más persuasivos socialmente posible, independientemente de su realidad subyacente, y se busca persuadir de la
realidad de los mismos, llegando en algunos casos directamente a una manipulación deliberada de la información. Se desarrollan y defienden fuertes y
marcadas identidades corporativas, que deben ser promovidas y defendidas a cualquier precio. Cuanto más se separa esta "Identidad Corporativa" (entendida
no como lo que la empresa es sino como lo que dice ser) de la realidad más fácil será que aparezcan aspectos disonantes entre los empleados, que generen
tensión y fricciones. Si no quieres o puedes cambiar tu identidad corporativa, ni estás dispuesto a cambiar lo que haces, entonces lo mejor es perseverar
y tratar de convencer al mayor número de personas posible, y en este entorno la "Estupidez Funcional" es la tabla de salvación.
Este modelo de pensamiento o "identidad corporativa" trata de persuadir de manera eficaz a los actores externos (clientes, proveedores, público en general)
e internos. Pero a estos últimos, a la persuasión se añade una imposición más o menos solapada. Se desincentivan activamente los comportamientos que se
consideren "subversivos" respecto a la identidad Corporativa, mientras que se fomentan los que vayan en su favor. La forma de desincentivar estos
comportamientos es hacer uso de la capacidad coercitiva que da el poder. El poder en este sentido, suele ser ejercido de varias maneras: la supresión
directa de la capacidad de razonar, el bloqueo de la comunicación, y sobre todo el establecer el modo de pensamiento "oficial": el cuerpo ideológico
que indica lo que es políticamente correcto y lo que no, lo que se debe tratar y lo que no… y establecer estrategias para que el empleado se adhiera
"voluntariamente" a ellas
En el primer caso hay intentos directos de suprimir la acción reflexiva, y el primero paso para ello es aislar al sujeto de las ideas "subversivas". Si
el sujeto no se expone a ideas que le hagan cavilar, no habrá opción a ello. Esto se ejerce en ocasiones en forma de advertencias, otras por medios más
sutiles como la relegación a un segundo plano a los promotores de ideas "subversivas". En ocasiones extremas se pide al empleado cultivar cierta
autocensura o ignorancia, como el ejemplo que comentan los autores de cierto director de comunicación que solicitaba a sus colaboradores no visitar las
fábricas para no sentir luego remordimientos de decir las cosas que decían en su publicidad.
Otro medio de aislar al sujeto de las ideas subversivas es desincentivar su propagación, por lo que se trata de bloquear la comunicación en los aspectos
"que no son buenos para el sistema". Puede suceder que se busque limitar el número de materias a discutir, por ejemplo marcando la agenda en las reuniones
y dejando claro, de manera más o menos directa, que "determinados temas no son bienvenidos" en las discusiones". En otros casos se desincentiva de manera
más drástica, con advertencias o amenazas.
Las promociones y la valoración es otro gran medio de establecer las ideas "políticamente correctas". Los que se adhieren a esa corriente son bien
valorados por la dirección y son candidatos a ocupar mejores posiciones. Los que no se adhieren son, por el contrario calificados como "poco confiables
y dignos de confianza".
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No obstante la manera más efectiva de evitar la acción reflexiva es contratar empleados que de manera natural no sientan estas inclinaciones. Es por
ello que la capacitación de los empleados para realizar su labor de forma autónoma pasa de ser una necesidad a ser, casi, un hándicap. La capacitación
necesaria de los empleados para ejercer un puesto pasa a ser cada vez menor, a la vez que los esfuerzos en formación disminuyen progresivamente. Los
criterios de contratación se modifican: de primar la capacitación, el mérito y la capacidad de revertir estas en beneficio de la empresa, pasa a tener
una importancia primordial la capacidad de seguir sin reflexionar los criterios imperantes, y cosas tan cuestionables como la imagen o que "el empleado
sea barato". Y no es que estas cosas no tengan su importancia, es que la importancia que se les da en estos contextos puede ser incluso mayor que la
capacitación para ejercer una responsabilidad.
Pero la manera más directa que se suele utilizar para bloquear la reflexión y la comunicación es poner en marcha un programa de intentos deliberados
para hundir la autoestima del empleado. Una persona sin autoestima tiende a no pensar sobre determinadas cosas, especialmente las que le ponen en
conflicto con la organización, ya que le recuerdan y ponen de relieve su propia baja valoración y seguridad. De la misma manera tampoco se sentirá
muy inclinado a compartirlas, ya que no tiene seguridad sobre lo que está diciendo. Y finalmente tampoco se sentirá inclinado a solicitar aclaraciones
o justificaciones, ya que este hecho pondría de relieve a la vista de los demás su posición y falta de seguridad y "capacidad" sobre determinados temas.
Es por ello que la baja autoestima es un medio muy potente de control organizacional en este tipo de gestión.
Estos dos aspectos, la progresiva degradación en la capacitación de los empleados, así como los intentos deliberados de disminuir su autoestima, son
dos señales claras que indican que una empresa ha optado por un tipo de gestión basado en la Estupidez Funcional, y a los que nos referíamos anteriormente.